domingo, 11 de diciembre de 2011

Ann Rose - I

Encontré esto que había empezado a escribir en enero, lo voy a retomar. Tengo hasta el capitulo 3, así que el comienzo está (:


Capitulo I.






Fin de mes. La corrida usual, los gastos, los impuestos, la comida que escasea. Todo. Odio este sistema capitalista, lo único que genera es stress, pobres y elimina toda emoción humana. No obstante, momentos así cualquiera perdería la cabeza, daría media vuelta y regresaría. Pero no, yo no. Me rehúso. Me fui de mi casa con 18 años solo para convertirme en quien quiero ser. No es que mi familia no me apoyara, ni mucho menos. Ellos harían todo por mí. Es que, no soy la única a la que le escasean los recursos. Recuerdo mi casa allá por los suburbios, donde las tardes de verano parecían eternas y atemporales junto a mi hermano, mi padre, la foto de mi difunta madre y mi madrastra. No me malentiendan, quiero a mi madrastra, es mi padre el problema, es por su culpa que mi madre ahora yace unos cuantos metros bajo tierra en el cementerio más caro. No es que la haya matado, bueno, no literalmente. Resumamos y digamos que le hizo la vida imposible. A mis cortos 3 años mis padres se divorciaron, lo que sé lo escuche de parte de tíos y primos de ambos, y a partir de eso me hice una idea. Como la casa era de mi padre antes de que mi madre se mudara, él se la quedo, mi madre quedó prácticamente en la calle. Dado que había renunciado a su trabajo para cuidarnos, la idea de conseguir trabajo pareció utópica. Sus familiares no podían ayudarla dado a la gran distancia que los separaba, geográficamente hablando, sumando a que ellos tampoco tenían de sobra. En pocas palabras, mi madre fue víctima del sistema. Murió dos años después de un paro cardiaco. Claro está, que mientras eso pasaba yo estaba al cuidado de mi padre, un importante empresario que era prácticamente rico. Mi hermano no existía aún. Después de eso me vi obligada por el juez a pasar los 3 meses de verano  en casa de mis parientes maternales. Quienes no dejaban de despotricar basura acerca de mi padre. Era muy pequeña, no lo comprendía, hasta que lo hice. Intenté entender sus motivos, pero no pude.  Fue en el verano del 2000 que regresé a casa para encontrarme con la cálida bienvenida de una mujer que no había visto en mi vida. Se presentó, me dijo que se llamaba Rose, como mi segundo nombre. Era rubia de cabellos largos, unos grandes ojos verdes y una sonrisa muy bonita. Tenía ocho años y me dejé convencer. Al año siguiente se casó con mi padre, dos meses después estaba embarazada de mi hermano Joe. Yo tenía 9 años,  una gran imaginación, un padre millonario que me adoraba y una madrastra que me cuidaba como si fuera su propia hija, la niña pelirroja de tez blanca y pecas naranjas que siempre quiso. Son sus palabras, lo juro. No es que sea egocéntrica ni nada. Pero los años pasaron y yo comprendí, que mi padre podría haber sido un poco solidario con mi madre. A los 13 me rebelé contra él. Lloré, grité, lo maldecí y huí. Por tres días, a la casa de mi mejor amiga Francis, quien se mudaba esa semana, y su madre me obligó a volver a mi casa. Luego de eso nada fue igual. Y cuando hablo de nada, me refiero a NADA. Mi padre hizo un mal trato, o lo que sea. Lo importante es que lo perdió todo. El decía que era mala suerte, a mi me gusta llamarlo Karma. Sobrevivimos ya que mi padre tiene demasiados conocidos que no dudaron en darle una mano, ahora tiene un trabajo estable, dinero entrante suficiente para abastecer a la familia entera, y una hija menos.
Cumplí 18, toda mi vida esperé este momento, irme, dejarlo y ser dueña de mi destino. Ni Rose, ni Joe tienen la culpa de que lo quiera tan poco, pero es así. Desde mis 13 años mi vida en esa casa era un infierno, no es que me odiaran ni menos. Mi padre se empeñó en cumplir cada uno de mis caprichos, dentro de lo lógicos, para que pudiera perdonarlo, pero de alguna manera, no soy esa clase de persona que se arregla con lo material. Aunque debo admitir, a mi pesar, que me vino bien su culpabilidad, ya que así obtuve todo lo que necesité para huir a mis 18. No fue exactamente una huida, fue más bien cerrarle la puerta en la cara e irme con valijas y demás sin que él me lo pudiera impedir. Pero el hecho de que me fuera no tiene mucho que ver con él, no del todo. Siempre quise valerme por mí misma. Soy lo muy madura para mi edad, o eso decían mis profesores. Me fui para siempre, ahora vivo en un departamento precario en una de las calles laterales del centro de la cuidad. Me inscribí en la Universidad Estatal de Arte. Es Febrero, así que todavía no comencé. Lo importante ahora es encontrar un trabajo. Tengo la edad suficiente lo cual es una complicación menos. 

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